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zpitu   
@zpitu
8 months ago

Juan Mascuñano es informático, ha trabajado de programador y todos los días, desde hace 18 años, se le puede encontrar en el mismo sitio: mendigando en el suelo de la Gran Vía madrileña, a la altura del número 41. Desde hace un tiempo, también pide ayuda a través de las redes sociales: tiene Twitter, que cuenta que “ha empezado a arrancar en noviembre”, dos páginas de Facebook desde hace varios años y un perfil de LinkedIn en el que cuenta su experiencia profesional en el mundo de la informática. También se ha abierto una cuenta de PayPal para recibir donaciones que enlaza siempre que puede bajo un sencillo mensaje: “Ayudadme a salir de la calle”.

Después de varios días, Juan regresa a su lugar habitual. Ha tenido neumonía y ha terminado en el hospital. Ahora, a medias recuperado, ha vuelto a su rutina. “Estaré en Gran Vía pidiendo de 18:00 a 00:00”, respondía a El Confidencial por Twitter al contactar con él tras un tiempo ausente en el número 41. Mientras habla, ya en persona, lo hace sentado sobre una rejilla de la que sale aire caliente, justo al lado de las escaleras de los cines Capitol.

Juan publica en Twitter cada semana, pero asegura conectarse de forma regular. Cuelga fotos o vídeos suyos recorriendo las calles madrileñas con su silla de ruedas o pidiendo en el suelo. Los ha cogido buscando en YouTube reportajes antiguos que le habían hecho. “A veces, Facebook me los elimina porque dice que no tengo derechos de autor. ¡Pero si salgo yo!”, dice casi con una risa. Para llevar sus redes sociales, utiliza un portátil antiguo que se compró hace tiempo y se sirve del wifi del McDonald’s de enfrente.

Juan publica en sus redes desde un ordenador viejo con el wifi del McDonald's de Gran Vía

Su experiencia como programador informático fue lo que le hizo abrirse cuentas en redes sociales años atrás, cuando no tenía el portátil y frecuentaba locutorios. En muchas de sus publicaciones, recuerda su cuenta bancaria o PayPal y no se olvida de aquellos que van a verle. “Agradezco profundamente a todos los que os pasáis por Gran Vía 41 en Madrid. Mi corazón os abraza. Existo y soy real”.

Juan insiste en sus mensajes. “Soy Juan Mascuñano Torres, soy real y soy discapacitado”, escribía en uno de sus primeros tuits. Ya había recibido comentarios de gente que dudaba de que su perfil 'online' fuera real y que le acusaba de estafador. Ahora, en su foto de perfil de Twitter, se puede ver su DNI. “Me preguntan si no me da miedo ponerlo, pero ¿qué van a hacerme?”, ríe mientras señala el reflejo de su condición actual: un saco en el suelo junto a un par de monedas de poco valor.

Juan habla de su situación y siente que está en un bucle. “Si consigo dinero, dejo de dar pena. Si dejo de dar pena, dejan de darme dinero. Si dejo de estar aquí, dejo de ser real”, explica. “Había una persona que todos los días me daba un euro. Al final, vino y me dijo que iba a dejar de darme, que yo tenía más que él”. Y es un problema que también le llega a sus redes sociales. “¡Pidiendo con tecnología moderna!”, cuenta que se queja la gente que ve su perfil. “Pero si tener Facebook es gratis”, responde asombrado. “Lo que me dan lo estoy invirtiendo en algo que me ayuda, en vez de ir a emborracharme o a drogarme”, insiste refiriéndose a su ordenador.

“No puedo estar en una calle donde no haya gente”, explica Juan. Le han pegado varias veces, no ve por su ojo izquierdo y solo tiene un pulmón, que perdió cuando fueron a atacarle después de quemarle una tienda de campaña que tenía. Por eso siempre está en Gran Vía. “No puedo hacer nada, no puedo moverme”, dice señalando sus piernas, afectadas después de la polio. Duerme en el mismo lugar donde pide. Lo explica señalando un rincón en las escaleras de los cines Capitol. Y se queja de las malas condiciones de los albergues, de la prostitución que los rodea y que no están adaptados para que pueda entrar con la silla de ruedas.

Casi 20 años lleva Juan en la calle. “Me separé de mi mujer y dejé de ver a mi hijo, me quedé vacío”. Al poco tiempo, él mismo dejó su trabajo de programador. “No tenía la responsabilidad de tener una familia y quise probar por mi cuenta. Me fue mal”. Juan recuerda cuando empezó a pedir. “Al principio me hacía hasta gracia, no me lo tomaba como algo que me estaba pasando en serio. Pensaba que sería temporal. A los cuatro años, me di cuenta de que ya no podría salir de aquí”.

En ese tiempo, Juan tuvo una relación con una chica durante cuatro años, Lourdes. “Como yo no podía ir a ningún sitio, se quedaba durmiendo conmigo para darme calor”, explica. “Un día, yo me levanté y ella no. Acabó muerta de frío”. La única foto que le queda de ella es la que ahora tiene puesta de perfil en su página de Facebook, extraída de un reportaje que, de hecho, realizó El Confidencial hace años. “En esa época, en Madrid decían que los mendigos estorbábamos, que hacíamos feo”, cuenta refiriéndose a la ley que propuso el entonces alcalde Alberto Ruiz-Gallardón en 2011 para sacar a los sin techo de la calle. “Cada vez que me iba, me quitaban todo. Que no se me vea, eso es lo que quieren.”

Su LinkedIn está al alcance de cualquiera y, al ser preguntado, asegura sonriendo que le encantaría poder encontrar trabajo. “Pero con 56 años y con esta pinta que tengo...”, dice después con resignación. En su perfil, se define como diseñador de páginas web y arquitecto informático, y ha trabajado para empresas como Bull o Salesforce. “También soy fontanero y electricista”, cuenta orgulloso.

Juan agradece la conversación y, como publica en sus perfiles, también a quienes van a saludarle. Lo escribe otra vez en la que a día de hoy es su última publicación en Twitter: “Si pasáis por Gran Vía 41, me dais recuerdos”.




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zpitu   
@zpitu
8 months ago

Hola buenos dias




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zpitu   
@zpitu
8 months ago

Parece una falacia ¿Como un mendigo puede regalar un sitio web? pero no lo es. Tengo contratado un hosting el cual mantengo con lo que me dona la gente y puedo permitirme el lujo de regalar espacio dentro del hosting. Unos me pueden donar mas, otros menos y otros nada, Es como una iglesia cada uno dona lo que puede o quiere y la iglesia se mantiene con esos donativos y el sacerdote come y viste. Mi sitio web se mantiene igual, sin que ninguno tenga obligación de dar nada




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